lunes, 23 de junio de 2008

Por los caminos del Che: El leprosario de San Pablo


“Recién estos días tuve por primera vez algo de añoranza del hogar, pero fue una cosa efímera; verdaderamente tengo espíritu de trotamundos y no sería nada raro que después de este viaje me dé una vuelta por la India y otra por Europa. Con Alberto tenemos mil proyectos en el mate pero recién después de ver qué hay en Venezuela vamos a decidir”.
Carta del Che a su padre, desde Iquitos, en el año 1952.





De alguna manera, la figura del Che estuvo siempre presente en nuestro viaje. Cuando entramos a Bolivia, lo primero que queríamos hacer era ir hacia La Higuera, el pueblito cercano a donde fue abatido el Che, y donde está esa famosa escuelita en la cual fue exhibido su cadáver. La lejanía del lugar, el difícil acceso al pueblo, y la falta de tiempo, nos convencieron de dejar La Higuera para otra ocasión, como así también al Salar de Uyuni.
Profesos devotos de la vida y obra de Guevara, aprovechábamos los largos trayectos entre ciudad y ciudad para leer sus diarios de viaje, además de la bibliografía marxista básica para cualquier viador latinoamericano: Historia de la Revolución Cubana, la última biografía “A dos voces” de Fidel Castro, “Las venas abiertas de América Latina” de Galeano, etcétera. La historia política de Latinoamérica y la música eran los únicos factores que de alguna manera determinaban nuestros destinos, dos tópicos que ambos compartíamos con pasión.
Y cuando torcimos nuestro rumbo hacia la selva amazónica, algo tenía que ver el Che en nuestra decisión. El fue de Cuzco a Lima, y de ahí a Pucalpa, donde tomaron un barco a Iquitos. Nosotros sabíamos todo esto y, aunque nunca lo pensamos, inconscientemente nos creíamos un poco Guevara y Granados, abriendo los límites de nuestra percepción a medida que nos adentrábamos en el descubrimiento de este maravilloso continente.
Sabíamos que ellos habían estado un mes en un leprosario, a la vera del río Amazonas, pero ni sabíamos exactamente donde estaba, ni cómo se llamaba. En Iquitos preguntamos y nadie sabía nada, hasta que en “Información Turística” nos dijeron: “Sí, creo que está más al norte, camino a Leticia”. Leticia, ciudad colombiana, ubicada en la triple frontera que comparten Perú, Brasil y Colombia, era nuestro próximo destino. De ahí volaríamos a Bogotá (como lo había hecho el Che, aunque no lo sabíamos por aquel entonces). Así que un día decidimos dejar nuestra querida Iquitos, y nos subimos en el barco a Leticia.
Al segundo día de viaje, le pregunté al capitán si conocía un leprosario por la zona, y me dijo que sí, que el barco paraba ahí esa misma noche a buscar pasajeros. A las diez de la noche llegamos a San Pablo, un pequeñísimo pueblo, con una sola callecita asfaltada, al final de la cual se ubicaba el hospital para leprosos. Pero había un problema: el barco iba a estar parado ahí solo media hora. Decidimos bajar rápidamente para tratar de llegar al leprosario y volver al barco en el poco tiempo que teníamos.
Pero en el momento en que pisamos San Pablo, una especie de magia y emoción nos invadió. Hacía más de cincuenta años, el Che había estado viviendo un mes en ese pueblo, en donde pasó su cumpleaños número 24, junto a Alberto Granados. En ese lugar había dejado su huella indeleble, que más tarde se extendería por toda América Latina.
Lo primero que hacemos es preguntar en un bar donde quedaba el leprosario. Unos viejos que estaban tomando cerveza nos dijeron que el lugar ya estaba cerrado, y que además estaba lejos y no nos daría el tiempo para volver al barco. Los viejos nos invitaron a quedarnos en el hotel de al lado (el único que había), y al otro día nos llevarían a recorrer el pueblo. No nos fue muy difícil decidirnos a quedarnos y, además, el pasaje nos servía para el barco que pasaba al día siguiente.
Los “amigos” nos invitaron a la mesa, a tomar unas chelas –a esta altura del viaje, cualquier invitación a la ingesta de bebidas o alimentos era aceptada rápidamente y sin vacilación. El tipo que presidía la mesa, y que pagaba las cervezas (nos tomamos como diez “Cristal” cada uno), se hacía llamar Paquito Gutiérrez. Resultó ser un importante empresario y dirigente forestal de la amazonía peruana, que luchaba contra el gobierno de Alan García y esos “cerdos ambientalistas” que querían ponerle un coto a la deforestación de la selva. Paquito era apoyado por mucha gente que iba a perder sus empleos en una de las pocas actividades rentables de la selva. Con ayuda del alcohol, su palabra y su diatriba fueron in crescendo, hasta que confesó: “Acá, en América Latina, está Fidel Castro, el Che Guevara y Paquito Gutiérrez”.
Paquito nos consiguió un lugar en el piso de la recepción del hotel, ya que éste estaba lleno. Sin muchas ganas de irnos a dormir en ese duro lecho, nos enteramos de que había una fiesta en el pueblo, así que fuimos para allá, acompañados por un secuaz del influyente Paquito. Éramos los únicos turistas del pueblo en meses, un metro más alto que el promedio de los lugareños: enseguida las miradas se concentraron en nosotros. De pronto, dos chicas nos invitaron a bailar unas cumbianchas, y al terminar el tema nos dicen que les teníamos que dar un sol (equivalente a un peso arg.) por haber bailado con ellas. Se equivocaron de turistas: sacarnos un peso a nosotros era más difícil que Perú salga campeón del mundial de Sudáfrica 2010. Después nos enteramos que las chicas estaban participando de un concurso, en el que los hombres les pagaban por cada pieza de baile, y la que juntaba más dinero se transformaba en Miss San Pablo.
Al otro día, nos levantamos con la columna bien tiesa, consecuencia del duro piso del hotel, y nos enteramos de que habíamos sufrido el primer robo del viaje. El reloj de Seco había desaparecido, y según nos dijeron, sospechaban de un Cabrera que andaba suelto por ahí.
Después del incidente fuimos a buscarlo a Paquito que nos iba a llevar a conocer el pueblo, el leprosorio y después íbamos a ir a cazar a la selva.
-¿Vamos yendo Paquito?
-¿Adonde? No hermano, ya me estoy yendo pa’ Iquitos.
Y así se esfumaron las promesas de Paquito y su patrulla de borrachines. Pero nos fuimos al leprosorio nomás, lo que fue una experiencia inolvidable. La lepra ya ha sido erradicada, pero en el lugar todavía quedaban 17 pacientes con secuelas de lepra, es decir, con la enfermedad ya controlada y sin posibilidades de avanzar. Las monjas que manejaban el lugar fueron muy amables, y nos llevaron a recorrer el lugar. Al llegar a la cocina y detectar signos de alimento, no pudimos evitar preguntar qué estaban cocinando. Enseguida nos invitaron a comer con los leprosos que, muy contentos por la visita, respondían todas nuestras preguntas. Uno de ellos lo había conocido al Che cuando era chico, y nos habló con mucho entusiasmo de aquel día en el que lo conoció.



En el comedor, con el cocinero del leprosario



Con el paciente que llegó a conocer a Guevara


Ahí nos enteramos que la famosa escena de la película “Diario en Motocicleta”, en la que el Che cruza el río Amazonas a nado, el día de su cumpleaños, no fue verdad. La colonia en donde estaban y están los médicos, se encuentra en la misma costa del río que el leprosorio. También nos aseguraron las monjas que era una gran mentira la otra escena del film en la que no le dan el almuerzo por no haber ido a misa. Aunque, en una carta a su madre desde Bogotá, se pueden corroborar las escenas, ya que cuenta que cruzó el río y que fue castigado por las monjas.
Después de despedirnos de las monjas y los pacientes, todos de un gran corazón, nos fuimos a visitar al famoso Che Silva, un anciano que había sido operado en el brazo por Guevara. Ahí estaba sentado en su hamaca, como esperando nuestra visita, en su humilde casa de madera, adornada con un par de fotos de Fidel y el Che. De noventa y pico de años, el viejo se había quedado ciego pero su memoria estaba intacta. Nos contó detalle a detalle como había sido ese encuentro que lo marcó para siempre, y que le había dado el apodo de Che.
Terminado nuestro tour por este pueblo mágico, escondido en la inmensidad de la selva, nos dedicamos a caminar esa calle principal, la única de esta ciudad en la que no existen los autos ni las motos. Los hombres, cuando no trabajan, se dedican a beber cerveza, la única actividad en la que se puede derrochar el tiempo libre. Y éramos invitados a cada mesa que nos avistaba desde lo lejos. “Eh amigo! Welcome…ah, argentino…che boludo, vení!! Y así hicimos muchos amigos, como Elí, que nos contó que su abuelo le pateaba penales al Che.
A las diez de la noche pasó el “Jorge Raúl”, la nave que nos llevaría a Colombia, desde los límites de un Perú que nos despedía como si fuésemos conocidos de toda la vida. Nos abrazamos con Elí y subimos al barco a colocar nuestras hamacas. Al lado nuestro, dio la casualidad de que había dos cordobesas, que entre mate y faso, cuando le comentamos que éramos de Gualeguaychú nos dicen: “Ah, mirá vos, conocimos unos chicos de Gualeguaychú en Cartagena, viajaban en un Falcon, vendiendo remeras”.


En la puerta del leprosario (nótese el cartel de prohibo tomar fotos a los residentes, a la izquierda)


Con una de las monjitas represoras






Con el "Che Silva"

El majestuoso amazonas de fondo





Por los caminos de San Pablo







Con el amigo Elí



El "Jorge Raúl", el navío que nos dejó en Colombia

sábado, 14 de junio de 2008

Todos tienen algo que esconder, excepto Seco y su mono

Se dice que una imagen vale más que mil palabras. Y sí, hay imágenes que lo dicen todo, que retratan hasta lo más íntimo del espíritu de una persona. Se me vienen a la cabeza la extraordinaria foto del Che tomada por Korda, o la Monalisa de Leonardo, en el caso de la pintura.
En la foto de Korda nos podemos inmiscuir en la personalidad de Guevara a través de sus ojos, de esa mirada hacia el porvenir. Ahí esta el Che, con su uniforme verde oliva, con su boina en la cabeza. Y acá lo tenemos a Seco que, intentando trazar algún tipo de paralelismo con el comandante, en lugar de boina decidió ponerse un mono sobre su cráneo. Y esa sonrisa picaresca, que en la Monalisa nos invita a pensar que era flor de turra, en el Mono-Seco nos pinta de pies a cabeza el histrionismo de su portador y su postura frente al mundo.
He aquí, con ustedes, José Luis Seco Pon, más conocido como “Seco”. Contemplad!!









"El guerrillero heroico", de Korda. La fotografía más reproducida de la historia.




"La Gioconda", de Leonardo. La obra más famosa del renacimiento.

lunes, 19 de mayo de 2008

En busca de la diosa Ayahuasca

La ruta original que habíamos pensado seguir iba desde Lima directamente al Ecuador, por la costa, para llegar rápidamente a Colombia. Pero, una vez entrados en el Perú, muchísima gente comenzó a hablarnos de una ciudad ubicada en el medio de la selva, en los orígenes del río Amazonas. “No pueden salir del Perú sin haber ido a Iquitos”, nos decían. Y, como la única norma que regía nuestro viaje era la improvisación, nos dirigimos hacia allá.
Salimos de Huanchaco, en la costa del pacífico, con destino a Yurimaguas, el puerto desde donde salen los botes hacía Iquitos (ya que no hay carreteras). El viaje duró dos días y medio, en el que nos las pasamos tirados en nuestras hamacas, y al atardecer -cuando bajaba el sol y el calor-, salíamos a tomar una cervecita con el majestuoso escenario del río y la selva de fondo.



La lectura y la cerveza: nuestros compañeros inseparables





Tomando unas chelas con el "amigo".

Hasta lo que iba del viaje, todo había sido muy rápido, íbamos de un lado a otro, sin descanso, siempre pensando en el tiempo que nos quedaba y las muchas cosas que faltaban por ver: teníamos que llegar a Cuba y volver en tres meses!! Pero en Iquitos nos tomamos vacaciones: estuvimos una semana hermosa, en la casa de Gill, un francés que se había instalado en la ciudad y que alquilaba habitaciones. En lo de Gill nos sentimos como en nuestra casa -después de casi un mes de viaje-, durmiendo, mirando televisión, cocinando y comiendo muy bien. Además en Iquitos no había mucho para hacer, y el calor que hace al mediodía es insoportable.
Pero había una cosa que teníamos que hacer por esos pagos, sí o sí, y no nos fuimos hasta que se acordó la fecha para realizarla. Nos habían hablado mucho de una hierba medicinal usada por los indios de la zona, llamada Ayahuasca. Después de muchas idas y venidas, dimos con un chamán y, junto con una pareja argento-brazuka, nos decidimos a probar la planta misteriosa.
Salimos bien temprano, rumbo al puerto de Iquitos, donde una pequeña lancha nos dejó en un pueblito al otro lado del río. De ahí, nos adentramos hora y media de caminata, en medio de la jungla, hasta llegar a la casa de Fernando, el Chamán. El hermoso lugar, inundado por la naturaleza, tenía una “maloca” en el centro, que es el lugar en donde se hacen los rituales. Adentro, había tres gringos que estaban haciendo una rigurosa dieta y un tratamiento curativo con la planta desde hacía ya varios meses. Se dice que la ayahuasca, además de significar un viaje espiritual, limpia al cuerpo de todas las impurezas: los nativos hablan de un morir y un renacer. Hay que tomarla en ayunas y, luego de la ingesta, se prohíben los “cuatro demonios”: el cerdo, el ají, el alcohol y el sexo.
Uno de los tres foráneos, venía de un país nórdico al que nunca habíamos escuchado nombrar, todavía no sé si existe. Hacía seis meses que estaba ahí, haciendo la dieta y aprendiendo los oficios de chamán. De largo cabello rubio y muy flaco, estaba sentado en el piso cuando entramos y rompimos la paz en la que estaba inmerso. Enseguida comenzamos a asediarlo con preguntas, ya que nuestro temor y expectativas eran muy grandes: no sabíamos qué carajo podía ocurrir esa noche. El aprendiz de chamán, con mucha calma, respondía nuestras inquietudes: “No puedes ver a la diosa Ayahuasca en la primera cita”, nos decía, casi susurrando. Era muy difícil que en la primera experiencia fuéramos capaces de tener alguna visión: “hay que hacer varias sesiones para poder llegar a un nivel más profundo”, me comentaba un francés -que justo ese día terminaba su dieta-, mientras saboreaba una extraña fruta que hasta hace poco tenía prohibida, por su elevado nivel de azúcar.
A las ocho, ya entrada la noche, el chamán y su mujer entraron al recinto, y nos dispusimos en ronda para dar comienzo a la ceremonia, menos el misterioso nórdico, que se quedó a un lado, en su hamaca. El francés, un belga, yo, Seco, un peruano y la pareja, en ese orden, esperábamos sentados, mientras el chamán comenzó a fumar un tabaco de la zona y esparcía el humo por el lugar –después me enteré que era para alejar los malos espíritus.
El primero en tomar fue el francés que, al probar el verdoso brebaje, su cara se le retuerce de asco, y enseguida se hace un buche y lo escupe afuera. Nosotros, cada vez más intranquilos, observábamos el escenario, que se completaba –como un cuadro surrealista de Picasso- con un perro moribundo, que estaba tirado afuera, sin poder moverse, y que comenzó a aullar al poco de comenzada la ceremonia. El nórdico me había explicado lo que le pasó: “fueron los duendes los que le han hecho daño, hay muchos duendes por aquí”.
Después del belga fue mi turno. Me levanté, tomé coraje y me bebí todo de un saque. Estoy en condiciones de afirmar que nunca he probado algo tan feo en mi vida: increíblemente amargo. Después le toca a Seco, y algo extraño sucede: antes de tomar, a todos nos preguntó el nombre, pero a Seco no…nadie sabe todavía porqué.
Treinta minutos pasaron, e ingenuamente pensamos que no era para tanto, ya que no había efecto alguno. Pero al rato, el francés salió desesperado hacia fuera, y comenzó a vomitar violentamente. A los cinco minutos salió el belga, y se puso a defecar entre los arbustos. Sabía que era mi turno: salí de la maloca, un poco mariado, y me senté afuera. Trataba de no vomitar, de aguantarlo: nos habían dicho que si se vomita enseguida, el efecto de la planta es muy débil. Cerré los ojos y, como por arte de magia, apareció un mundo de colores que iban y venían: era mi tercer ojo, en el medio de la frente. El chamán, con un pequeño instrumento, comenzó a hacer extraños sonidos que penetraron dentro de mi cuerpo, como si estuvieran en mis pulmones o en el corazón. Los ruidos de la selva, de los insectos sobre todo, se escuchaban como adentro de mi oído, y con la mano me golpeaba en la oreja, tratando de alejar a los zancudos (léase mosquitos).
De repente, algo interrumpió mi viaje psicodélico. Alguien trataba desesperadamente de abrir la puerta del recinto, y cuando giro lentamente mi cabeza hacia atrás, lo veo a Seco, que se cae de rodillas contra la puerta y comienza a vomitar con fuerza. Extiendo la mano, intentando ayudarlo, pero estaba inmovilizado: esa cosa me estaba pegando como padrastro borracho, y me era imposible despegarme del piso. Por suerte, apareció el aprendiz, que estaba ahí sentado, viéndolo todo, y lo levanta a Seco y lo saca afuera. Al verlo a Seco, vomitando a mi lado, no me pude contener, y comencé a vomitar hasta que no quedó nada en mi estómago. Sentía que tenía una piedra atascada en mi garganta, que me ahogaba y que no podía largar.
El lugar fue, durante dos horas, un concierto de arcadas y flatulencias, pero después sobrevino la calma. Dicen que después de los vómitos viene los mejor, las visiones, los viajes. Seco pudo escucharlo a David Gilmour, entre los matos, tocando el solo de “On an Island”. Yo traté de apartarme de toda esta locura, en donde la selva cobraba vida en la oscura noche: serpientes, personas que pasaban a nuestro lado y también a la distancia, la tierra que cobraba vida en forma de un pequeño niño negro que me miraba cuando vomitaba, el pueblo nativo que se reunió a presenciar la ceremonia; todas alucinaciones que deformaban nuestra percepción visual, aunque al día siguiente, el nórdico nos diría que esas personas que veíamos eran los duendes.
Lo que sí se potenció al máximo fue nuestra percepción auditiva, y hasta el día de hoy quedamos con el oído muy sensible. Podíamos escuchar absolutamente todo, y hasta sentía en la nuca las bocanadas de humo que el chamán me lanzaba desde aproximadamente treinta metros, cuando estaba afuera vomitando.
Cuando pude pararme, después de vomitar, entré en la maloca y me acosté en la hamaca, y “ahí comienza un mambo diferente”. Pude ver una mano de mono, que con su dedo índice apuntaba hacia algo que no podía precisar. Fijo la visión un poco más, y veo que la mano apunta a un mapa de Sudamérica, a Colombia, para ser más precisos. Aparece mi hermano, como diciendo “vení boludo, te estamos esperando”. El estaba ahí, pero nosotros nunca llegamos.
El ritual terminó cerca de las cinco de la mañana, con una breve charla con el chamán, que nos pidió que le contásemos nuestra experiencia, y con más humo de tabaco limpió nuestra alma de los malos espíritus. Le conté que había estado muy mal, y me dijo que el estaba viviendo mi experiencia, y que me mandó energía a través del humo que sentí, cuando estaba tan lejos.
Y esa fue una de las experiencias más fuertes del viaje. ¿Si lo recomiendo? Sí, pero no creo que lo volvería a hacer. En poco tiempo seguiremos con el blog, ya desde acá, Buenos Aires…la pu$%&madrequeloremilpar!”··$%&!!



La maloca, el gringo aprendiz de chamán y el perro: el escenario de la ayahuasca




Los camarotes de lujo en el barco a Iquitos


Se viene el morfi!





Belén: el barrio pobre de Iquitos






viernes, 28 de marzo de 2008

El Perú: entre los Andes, las playas y la selva

Ultimas Noticias
Bueno, primero que nada, agradecer a la gente que leyó el blog y que dejó sus comentarios. Como algunos se habrán dado cuenta, hace mucho que no escribimos nada, pero no ha sido por falta de ganas, sino por falta de tiempo: en menos de tres meses hemos llegado a Venezuela por tierra, de ahí volamos a Cuba, regresamos a Caracas, y ahora estamos en Colombia. Todo ha pasado muy rápido, y no hemos tenido respiro. Ya comenzamos a sentir el cansancio de tres meses de viaje, sin mucho descanso, y con unas mochilas que ya pesan toneladas gracias a los recuerdos que hemos acumulado a lo largo del camino.
De Cuba nos quedamos con un gran recuerdo: nos costó mucho dejar esa tierra que nos hizo sentir más latinoamericanos que nunca. Cuba era la meta de este viaje, y ya la alcanzamos; increíble. Pero ya les contaremos más adelante. Ahora vamos a seguir desde donde dejamos.
El Perú: entre los Andes, las playas y la selva
“Ahora sé, casi con una fatalista conformidad en el hecho, que mi esencia es viajar, que nuestra esencia, mejor dicho, porque Alberto en eso es igual a mí. Sin embargo, hay momentos en que pienso con profundo anhelo en las maravillosas comarcas de nuestro sur.
Hemos comprendido que nuestra vocación, nuestra verdadera vocación, era andar eternamente por los caminos y mares del mundo. Siempre curiosos, mirando todo lo que aparece ante nuestra vista. Olfateando todos los rincones, pero siempre tenues, sin clavar nuestras raíces en tierra alguna…”
Ernesto Guevara De La Serna
Dejamos la ciudad de Potosí en Bolivia para dirigirnos al lago Titicaca, en la frontera con Perú. Llegamos a Copacabana y pasamos una noche increíble en la paradisíaca Isla del Sol, a pura guitarreada, en donde nuestra guitarra acústica (que en paz descanse) supo brillar como una Gibson Les Paul.
Al día siguiente ya habíamos dejado Bolivia, país en el que solo estuvimos seis días (aunque merecería tres meses para conocerlo bien), y entramos en el gran Perú, país que nos recibió excelentemente bien, y al que más tiempo le dedicamos: 24 días.
El Perú es maravilloso en todo sentido: la gente es increíble, muy amable y generosa, a pesar de ser muy humildes. Además, nos quieren mucho a los argentinos, a pesar de lo mucho que son discriminados en nuestro país. También, sienten como una gran traición el hecho de que les hayamos vendido armas a Ecuador en tiempos de guerra con Perú. Nos recordaban la ayuda que nos dieron en la guerra de Malvinas con tres pilotos y tres aviones, y les costaba entender que la venta de armas a Ecuador fue un hecho vergonzoso atribuible a toda la manga de corruptos que governó el país en los noventa.

El Cuzco
Perú lo tiene todo: sierras y montañas, playas, y la gran selva amazónica, sin contar los sitios arqueológicos más importantes de America del sur. Llegamos al Cuzco, en donde estuvimos cuatro noches y cincos días espectaculares. En el Cuzco se mezclan la arquitectura incaica con la colonial creando una belleza
única en el mundo: los españoles levantaron la ciudad sobre las gigantescas rocas incaicas que sirvieron de base, no sin antes destruir y saquear todo lo que había.
En Cuzco nos separamos por primera vez con Seco: el se fue a Machu Pichu y, como yo había ido el año pasado, no me dieron ganas de gastar 150 dólares en un día, así que me fui con un amigo peruano a visitar una colonia hippie en las sierras. Ese día fue muy importante, porque ahí supe que no quería ser un hippie, o mejor, ese tipo de hippie: la mugre que tenían esos tipos hermano, hacía tres meses que no se bañaban! Así que mejor aventurero que hippie...
Cuzco también fue muy importante porque ahí conocimos el pizco, y nos pegamos la primer borrachera del viaje: entramos sacando pecho y salimos de rodillas del bar "Los siete angelitos" en el barrio de San Blas, en donde Walter, el dueño y capo de la movida, nos hizo probar todas las variedades de pizco. Ahí tuvimos nuestra primera invitación a tocar, aunque la falta de tiempo para preparar los temas, además de que nos teníamos que ir hacia Lima, hizo que nuestra primera presentación como dueto se pospusiera por varios días.
La ultima noche en Cuzco también fue importante, porque a partir de ahí me transforme en Arnie Hussid, un conocido actor y modelo israelita-peruano al que dicen que me parezco mucho: no faltaron los borrachos que me regalaban cerveza, y hasta ligué una campera. Claro, primero decía "No, no soy Arnie", pero comenzaron a caer las ofrendas y me la terminé creyendo. Acá les paso una foto de Arnie, que a mi entender no es muy parecido, pero bue...:

 
Lima y Huancháco
Nos costó mucho dejar Cuzco, ciudad que disfrutamos hasta el último minuto, tocando en la plaza de armas. De ahí, partimos hacia Lima con dos grandes amigos que cosechamos en la visita a las ruinas del Valle Sagrado de los incas: el Coco y el Mudo. Lima fue una gran sorpresa: nos esperábamos una ciudad fea, sucia y llena de gente, pero todo lo contrario. Fuimos a parar a un hostel en el barrio de Miraflores, una zona residencial de mucho dinero, con un malecón hermoso, con una vista al mar increíble, y en donde vimos una puesta de sol única. No podíamos creer los grandes contrastes que tiene perú: el día anterior estábamos en medio de las montañas, cagados de frío, totalmente apunados y ahora estabamos en la playa, con mucho calor, en esta pseudo Miami que era el barrio de Miraflores. Claro que no todo Lima es como Miraflores, pero el centro histórico, el mercado y el barrio chino, nos parecieron muy interesantes.
Después de pasar dos noches en Lima (vamos un poquito rápido ¿no?), dejamos a nuestros amigos y salimos para Huancháco, playa sobre el pacífico que recordaremos, por sobre todo, porque ahí nos dimos cuenta que nuestra guitarra (o mejor dicho, la guitarra del negro) se había partido al medio. Fue el primer bajón del viaje, y ahí comenzaría una larga odisea para reencontrarnos con un instrumento.
Bueno, demasiado por ahora. En breve vamos a contar lo que nos pasó en el amazonas, en la hermosa Venezuela de Huguito y nuestra emocionante llegada a Cuba.

Llegando a la Isla del Sol

En las islas de los Uros-Puno

Isla del Sol



Machu Pichu


Plaza de Armas-Cuzco


Tocando en la Plaza de Armas



En Lima con el Coco y el mudo


Puesta de sol en Miraflores


La costa limeña



Plaza de armas-Lima


Catacumbas en la Catedral de San Francisco-Lima



Catedral de San Francisco



Barrio Chino


Con el Mahatma



Con las chicas limeñas




La muerte de la guitarra y el nacimiento de una pasión



jueves, 14 de febrero de 2008

Cumpliendo el anhelado sueño de unir Latinoamérica

-Seco, hermano, ¿cuando vamos a hacer el viaje?
-A fin de año.
-¿En serio me decís? Me estás jodiendo, ¿no?
-No, en serio. Dejo el laburo y vamos.
-Te tomo la palabra…




Más o menos así comenzaron nuestras conversaciones con vistas a realizar este viaje. Mi amigo, mi gran amigo y camarada, José Luis Seco Pon -“Seco”, como le decimos los amigos-, y yo, Lisandro Artigas, venimos anhelando este viaje desde que terminamos la escuela secundaria. Por varias razones la cosa se fue dilatando, pero las ganas de conocer, esa pasión por aventurarse en la búsqueda de nuestra hermosa Latinoamérica, nunca se extinguió.
Hoy día, en pleno viaje, nos pusimos a redactar este humilde blog, destinado a que los amigos, la familia y los grandes compañeros que hemos hecho en este viaje, sepan un poco de nosotros: que estamos haciendo, a donde fuimos y a donde vamos. Y tal vez, a alguien le sirva alguna información para hacer su propio viaje, cosa que recomendamos a todos y mucho: larguen todo a la mierda, por un momento aunque sea, y vivan estas experiencias, que son únicas. A la vida no hay que malgastarla TODA en una maldita oficina del microcentro porteño!!! Hay que vivirla, y TODOS lo podemos hacer, y sino me creen, miren la historia inspiradora de estos cuatro pibes, que fueron una inspiración para nosotros:


Espero que la disfruten, y dejen sus comentarios.





Fin de año de Potosí
El viernes 28 de diciembre iniciamos nuestro viaje desde el hermoso barrio de Once, en Buenos Aires, donde nos tomamos los bondis truchos a Jujuy. Al otro día, pasamos la noche en Purmamarca, teniendo como meta pasar el fin de año en Potosí, República de Bolivia.
Llegamos el mismo 31 al Potosí, ciudad histórica, centro minero de la era colonial española. Una ciudad realmente acogedora que te invita a disfrutar de experiencias únicas, como la visita de las minas, que se siguen explotando después de 500 años.
Llegamos a las cinco de la mañana, con un frío impresionante; nunca pensamos que haría tanto frío en el medio de Bolivia por esta fecha. Esa misma mañana, con solo un té de coca en el estómago, fuimos a las minas, en las que estuvimos tres horas bajo tierra. Realmente, fue una experiencia única e irrepetible, que guardaré y recordaré en lo más profundo de mi orto. A 4500mts de altura, pasando casi tres horas en los túneles subterráneos del cerro, donde tenés que caminar en cuclillas, el aire escasea y la cabeza te estalla. A eso, agreguémosle el aditivo de que soy alérgico: la tierra, el polvo, los gases tóxicos y la falta de oxígeno, me cerraron la respiración y casi me desmayo.




En las minas solo queda estaño: en poco más de un siglo (S.XVI), los españoles agotaron la plata del cerro, dejando el saldo de nada más que 8 millones de indios muertos, victimas de las brutales condiciones de trabajo que les fueron impuestas. Sometidos a la mita, al trabajo esclavo, los indios morían al poco tiempo de entrar en las minas, a causa de los gases tóxicos, del envenenamiento de sus cuerpos, del agobiante trabajo en las entrañas del cerro, y del sin número de enfermedades que trajeron los españoles.
Un día, la ciudad más rica del mundo, hoy la miseria y el frío azotan cada día al pueblo potosíno, en el corazón de uno de los países más pobres del mundo. Como bien dice Eduardo Galeano, Potosí es una herida abierta, una acusación. Es un pedazo de historia que bien vale la pena conocer.El año nuevo lo pasamos en las calles y en los bares de la ciudad, brindando con la gente, y con nuestro amigo Ibrahin, a quién conocimos en la frontera. Bueno, ya contamos demasiado.

Vuelvan a entrar en unos días, así les contamos sobre lo que pasamos en el Cuzco, nuestra expedición al amazonas y nuestra llegada a la amada república bolivariana de Venezuela.

mail: viadoreslatinoamericanos@gmail.com




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